Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Pero tampoco me habéis dicho nunca que no me amabais —atajó Georges Villiers—, y, en verdad, semejantes palabras implicarÃan una ingratitud demasiado grande por parte de vuestra majestad, porque ¿dónde hallarÃais vos un amor como el mÃo, un amor que ni el tiempo, ni la ausencia ni la desesperación pueden entibiar; un amor que se contenta con una cinta extraviada, una mirada cogida al vuelo, una palabra vertida al acaso? ¡Ah!, señora, hace tres años que os vi por vez primera y desde entonces os amo de esta suerte. ¿Queréis que os diga cómo ibais ataviada la primera vez que os vi? ¿Que os especifique los adornos de vuestro tocado? Me parece estaros viendo todavÃa: estabais sentada en cojines, a la usanza de España: ostentabais un vestido de raso verde con bordados de oro y plata y mangas perdidas y sujetadas en los brazos, en esos brazos admirables, con diamantes de gran tamaño, y llevabais gorguera cerrada y un pequeño casquete verde también y engalanado con una pluma de garza real. ¡Oh!, con los ojos cerrados os estoy viendo tal cual entonces; vuelvo a abrirlos y os contemplo tal cual sois ahora, es decir, imponderablemente más hermosa.
—¡Qué locura! —murmuró Ana de Austria, que no se sentÃa con ánimos de echar en cara al duque que conservara con tanta fidelidad su retrato en su corazón—. ¡Qué locura alimentar con semejantes recuerdos una pasión vana!