Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Oh!, al contrario, señora, hablemos de ella: es la noche más dichosa y radiante de mi vida. ¡Qué templado estaba el ambiente! ¡Qué lÃmpida y pura la estrellada bóveda! ¿Os acordáis? ¡Ah!, aquella noche pude pasar un instante a solas con vos, con vos, que os sentÃais inclinada a hacerme sabedor del aislamiento de vuestra vida y de los pesares de vuestro corazón. Vos estabais apoyada en mi brazo, en este; yo, al inclinar la cabeza hacia vos, sentÃa el roce de vuestros cabellos en mi rostro, y cada vez que eso sucedÃa se estremecÃa todo mi ser. ¡Oh! ¡Reina! ¡Reina!, vos no sabéis qué celestiales arrobos, qué gozos paradisÃacos incluye un momento como aquel. ¡Oh!, por otro momento semejante, por otra noche como aquella, darÃa yo mis bienes, mi fortuna, mi gloria, los dÃas de vida que me quedan, porque aquella noche me amabais, señora, no me digáis que no.
—Milord —repuso Ana de Austria—, es posible que la influencia del lugar, que el hechizo de aquella hermosa noche, que la fascinación de vuestra mirada, y en fin, las mil circunstancias que en ocasiones se reúnen para causar la perdición de una mujer se agruparan en torno de mà en aquella velada fatal, pero vos mismo fuisteis testigo de que la reina acudió en auxilio de la mujer que desfallecÃa: no bien os atrevisteis a hablar, a mostraros audaz, pedà socorro.