Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es verdad, señora, y otro que no os hubiese amado lo que yo habrÃa sucumbido a aquella prueba; pero mi amor salió de ella más ardiente y más eterno. Vos creÃsteis huir de mà regresando a ParÃs, dándoos a entender que yo no osarÃa abandonar el tesoro sobre el cual mi amo me ordenó que velara. ¡Ah! ¿Qué me importan a mà todos los tesoros del mundo, todos los reyes de la tierra? Ocho dÃas después estaba yo de regreso, señora; pero ahora nada tenÃais que decirme. Para veros por espacio de un segundo, arriesgué mi valimiento y mi vida; ni siquiera toqué vuestra mano, y al verme vos tan sumiso y tan arrepentido, me perdonasteis.
—Pero la calumnia se apoderó de todas esas locuras en las cuales yo no tenÃa arte ni parte, ya lo sabéis, milord. El rey, incitado por el cardenal, llevó las cosas a un extremo violento, de cuyas resultas fue despedida mm. de Vernet, Putange desterrado, y mm. de Chevreuse cayó en desgracia, y cuando resolvisteis veniros nuevamente a Francia en calidad de embajador, acordaos de que el rey se opuso personalmente.