Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Y Francia va a pagar con una guerra la negativa de su rey. ¡Ah!, señora, ya que me está vedado el volver a veros, quiero que oigáis hablar de mí todos los días. ¿Qué fin veis vos a la expedición de Ré a la liga que estoy proyectando con los protestantes de La Rochelle? El del placer de veros. No me anima la esperanza de entrar en París a mano armada; pero esta guerra podrá traer una paz que necesite de un negociador, y ese negociador seré yo. Entonces no se atreverán a rechazarme, y volveré a París, y os veré de nuevo, y seré dichoso por un instante. Cierto es que millares de hombres habrán pagado mi ventura con su vida; pero ¡qué me importará a mí, con tal de que vuelva a veros! Esto que os digo será insensato si queréis; mas decidme, ¿qué mujer tiene un amante más rendido? ¿Qué reina un servidor más devoto?

—Milord, milord, cosas invocáis en vuestra defensa que os acusan, ya que lindan con el crimen todas las pruebas de amor que intentáis darme.

—¡Ah!, señora, si me amaseis, todo lo veríais desde otro prisma; si me amaseis, ¡oh!, si me amaseis sería para mí una dicha tan grande, que se me trastornaría la razón. Mm. de Chevreuse, de quien hace poco me habéis hablado, fue menos cruel que vos: Holland la amó y se vio correspondido.


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