Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Vuestra mujer no iba a la rue de Vaugirard ni a la de La Harpe para ver a mercader de telas alguno.
—¿Adónde iba pues, justo cielo?
—A casa de la duquesa de Chevreuse y a la del duque de Buckingham.
—Sí, esto es, esto es —profirió Bonacieux, llamando a sí todos sus recuerdos—, vuestra eminencia tiene razón. Ya repetidas veces había dicho yo a mi mujer que era muy de admirar que unos mercaderes de telas habitasen en casas como aquellas y sin rotulata alguna; pero mi mujer se reía. ¡Ah!, monseñor —continuó el mercero, arrojándose a los pies de Richelieu—, en verdad sois el cardenal, el gran cardenal, el genio a quien todo el mundo respeta.
Por más que el triunfo que acababa de conseguir sobre un ser tan vulgar como Bonacieux fuese por demás insignificante, no por eso el cardenal dejó de gozarlo por un momento; luego, casi al punto y como si por la mente le hubiese cruzado un nuevo pensamiento, se sonrió, y dijo al mercero, tendiéndole la mano:
—Levantaos, amigo mío, sois un hombre de bien.
—¡El cardenal me ha tocado la mano! ¡Yo he tocado la mano del gran hombre! ¡El gran hombre me ha llamado su amigo! —exclamó Bonacieux.