Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, amigo mÃo, sà —dijo Richelieu con el tono paternal que tomaba en ocasiones, pero que solo engañaba a los que no lo conocÃan—; y como se ha sospechado de vos injustamente, es de ley que se os indemnice. Tomad ese talego de cien pistolas, y disculpadme.
—¡Que os disculpe, monseñor! —dijo Bonacieux, no sabiendo si tomar o no tomar el talego, temeroso de que aquel supuesto don no fuese una chanza—. ¡Ah!, señor, erais muy libre de hacerme prender, como lo sois de sujetarme al tormento y de ordenar que me ahorquen: vos sois el señor y yo hubiera acatado vuestros fallos sin proferir palabra. ¡Disculparos yo, monseñor! Estáis bromeando.
—¡Ah!, mi querido m. Bonacieux, os mostráis generoso y os lo agradezco. ¿Conque tomáis el talego y no os vais del todo descontento?
—Me voy henchido de gozo, monseñor.
—Adiós pues, o más bien hasta la vista, pues confÃo en que volveremos a vernos.
—Siempre y cuando monseñor quiera; estoy a las órdenes de vuestra eminencia.
—No temáis, será a menudo, pues vuestra conversación me ha placido grandemente.
—¡Oh! ¡Monseñor!
—Hasta la vista, m. Bonacieux, hasta la vista.