Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El cardenal hizo con la mano una seña, a la que el mercero contestó enarcando el espinazo hasta besar con la frente el suelo; luego Bonacieux salió a reculones, y cuando hubo llegado a la antesala, Richelieu le oyó que, en su entusiasmo, gritaba a voz en cuello: «¡Viva monseñor! ¡Viva su eminencia! ¡Viva el gran cardenal!».
Richelieu escuchó sonriendo aquella ruidosa manifestación de los entusiastas sentimientos de m. Bonacieux, y cuando los gritos de este se hubieron apagado a lo lejos, dijo para sí:
—Ahí un hombre que desde este instante se hará matar por mí.
El cardenal se puso a examinar con la mayor atención el plano de La Rochelle, que, como hemos dicho, estaba desenrollado sobre su bufete, trazando al mismo tiempo, con lápiz, la línea por donde debía pasar el famoso dique que dieciocho meses después cerraba el puerto de la ciudad sitiada.
Enfrascado estaba en sus meditaciones estratégicas, cuando se abrió la puerta del gabinete para dar paso a Rochefort.
—¿Qué hay? —preguntó con viveza Richelieu, levantándose con una prontitud que demostraba la gran importancia que atribuía a la comisión que confiriera al conde.