Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Efectivamente, se han alojado, la una por espacio de cinco dÃas y durante cuatro el otro, en las casas indicadas por vuestra eminencia, una mujer de veintiséis a veintiocho años y un hombre de treinta y cinco a cuarenta —respondió Rochefort—, pero la mujer partió ayer por la madrugada y el hombre lo ha hecho esta mañana.
—¡Eran ellos! —exclamó el cardenal, que tenÃa los ojos clavados en su péndulo—; ya es demasiado tarde para emprender su persecución: la duquesa está en Tours y el duque en Boulogne. Hay que reunirse con ellos en Londres.
—¿Qué órdenes me da vuestra eminencia?
—Ni una palabra sobre lo que ha pasado; es menester que la reina quede en la más completa tranquilidad de espÃritu; que ignore que somos dueños de su secreto, y crea que seguimos el hilo de una conspiración cualquiera.
—¿Y qué ha hecho de ese hombre vuestra eminencia?
—¿Qué hombre?
—Bonacieux.
—He hecho de él cuanto era posible: lo he convertido en espÃa de su mujer.
El conde de Rochefort se inclinó como servidor que reconoce la superioridad del amo, y se retiró.