Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Pero cuando Richelieu añadió que no solamente mm. de Chevreuse había estado en París, mas también que la reina anudara relaciones con ella con ayuda de una de las misteriosas correspondencias a las que en aquel entonces daban el nombre de cábalas, y afirmó que cuando él iba a desenredar los más ocultos hilos de aquella intriga, en el momento de coger en flagrante, provisto de todas las pruebas, al intermediario de la reina y la duquesa, un mosquetero había osado interrumpir violentamente el curso de la justicia cayendo, espada en mano, sobre los agentes de la ley encargados de examinar con imparcialidad el asunto para someterlo al rey Luis XIII, fuera de sí, dio algunos pasos hacia las habitaciones de la reina, con la pálida y muda indignación que, al reventar, conducía a aquel príncipe a la crueldad más fría.

Y, sin embargo, el cardenal aún no había dicho una palabra del duque de Buckingham.

Entonces fue cuando entró m. de Tréville; impasible, cortés e irreprochable en los modales.

Advertido de lo que acababa de pasar por la presencia del cardenal y por la alteración de las facciones del soberano, el capitán de los mosqueteros se sintió fuerte como Sansón delante de los filisteos.

Luis XIII, que iba ya a coger la manecilla de la puerta, al oír el ruido que produjo Tréville al entrar, volvió el rostro.


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