Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Llegáis oportunamente, caballero —dijo el rey, que cuando se le desbordaban sus pasiones no sabÃa fingir—; buenas son, por mi vida, las cosas que voy sabiendo de vuestros mosqueteros.
—Buenas son también las que yo tengo que comunicar a vuestra majestad respecto de sus golillas —repuso con toda calma m. de Tréville.
—¿Cómo? —dijo el rey con altivez.
—Tengo la honra de anunciar a vuestra majestad —prosiguió Tréville en el mismo tono— que una partida de procuradores, comisarios y agentes de policÃa, sujetos muy estimables, pero mucho más predispuestos, por lo que se ve, contra el uniforme, se ha permitido de prender en una casa, pasear públicamente y encerrar en el For-l’Êveque, todo en cumplimiento de una orden que se han negado a mostrarme, a uno de mis mosqueteros, o más bien de los vuestros, señor, mosquetero de conducta irreprochable, de fama casi ilustre, y a quien vuestra majestad conoce favorablemente; en una palabra, a Athos.
—¿Athos? —repuso el rey maquinalmente—; en realidad, no me es desconocido este nombre.