Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Nada, nada —respondió el soberano—. Pero supongo que durante todo el tiempo que el duque ha permanecido en ParÃs no lo habéis perdido de vista, ¿no es asÃ?
—Y suponéis acertadamente, señor.
—¿Dónde se alojaba?
—En la rue de La Harpe, número 75.
—¿Dónde está la calle esa?
—En las inmediaciones del Luxembourg.
—¿Y estáis seguro de que la reina y él no se han visto?
—Señor, a mi juicio la reina es esclava de sus deberes.
—Pero se han correspondido; a él es a quien la reina ha estado escribiendo durante todo el dÃa. Señor duque, necesito esas cartas.
—Sin embargo, señor…
—Señor duque, las quiero a toda costa.
—No obstante, me atrevo a hacer observar a vuestra majestad…
—¡Qué! ¿También me vendéis vos, m. cardenal, que os oponéis tan obstinadamente a mi voluntad? ¿Estáis vos también de acuerdo con los españoles y los ingleses, con mm. de Chevreuse y con la reina?
—Señor —respondió Richelieu, lanzando un suspiro—, creÃa estar al abrigo de semejante sospecha.