Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Ya sé que sois muy indulgente para con la reina, quizá demasiado, duque; ya hablaremos de eso más tarde, daos por advertido.
—Cuando bien le plazca a vuestra majestad; pero quiero que desde ahora sepáis, señor, que siempre será para mà una dicha y un orgullo sacrificarme en favor de la buena armonÃa que anhelo que prevalezca entre vos y la reina de Francia.
—Está bien, cardenal, está bien; pero entre tanto enviad en busca del canciller mayor; yo me voy a ver a la reina.
Luis XIII abrió la puerta de comunicación, y se internó en el pasillo que conducÃa de sus habitaciones a las de Ana de Austria.
Esta estaba rodeada de sus damas, mm. de Guitaut, mm. de Sablé, mm. de Montbazon y mm. de Guéménée. En un rincón habÃa la camarista española, doña EstefanÃa, que siguió a su soberana desde Madrid. Mm. de Guéménée estaba leyendo, y todas las presentes escuchaban con atención a la lectora, excepto la reina, que justamente habÃa provocado aquella lectura con el fin de poder seguir el hilo de sus propios pensamientos; pensamientos que, por mucho que estuviesen dorados por un último rayo de amor, no dejaban de ser tristes.