Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Ana de Austria, privada de la confianza de su esposo, perseguida por el odio del cardenal, que no le perdonaba que hubiese rechazado un sentimiento más dulce, teniendo a la vista el ejemplo de la reina madre, que durante toda su existencia se viera perseguida por aquel odio, por más que MarÃa de Médicis, si hay que dar crédito a las memorias de aquel tiempo, hubiese empezado por conceder al cardenal el afecto que Ana de Austria le negó constantemente. Ana de Austria, decimos, habÃa visto caer en torno de ella a sus más abnegados servidores, a sus confidentes más Ãntimos, y a sus más caros validos. Como ciertos infelices dotados de un don fatal, sembraba la desventura en todo cuanto tocaba; su amistad era una señal funesta que atraÃa la persecución. Mm. de Chevreuse y mm. de Vernet gemÃan en el destierro, y La Porte mismo no ocultaba a su señora que esperaba verse preso de un momento a otro.
La puerta de la cámara se abrió para dar paso al monarca, en el instante en que la reina estaba entregada más de lleno a sus reflexiones.
Se calló al punto mm. de Guéménée y, como las demás damas, se levantó en medio del silencio más profundo.
El rey no hizo ninguna demostración de cortesÃa, y se detuvo ante la reina, a quien dijo con voz atropellada: