Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Los frailes no tenían instante de reposo. De día no hacían más que subir y bajar por las escaleras que conducían al oratorio, y de noche, además de completas y maitines, a cada dos por tres se veían obligados a saltar de la cama para arrodillarse sobre las losas de sus celdas.
No ha podido sacarse en limpio, ni en sucio, quién fue el que soltó la presa, si el demonio o los frailes; lo que sí se sabe de buena tinta es que al cabo de tres meses el penitente reapareció en el siglo con la reputación del más terrible poseso que hubiese existido desde que el sol alumbra.
Séguier, al salir del convento, entró en la magistratura, reemplazó a su tío en la presidencia de mortero, abrazó el partido del cardenal, lo que demostraba no poca sagacidad, ascendió a canciller, sirvió con celo a su eminencia en su odio contra la reina madre y su venganza contra Ana de Austria, estimuló a los jueces en el proceso de Chalais, fomentó los experimentos de m. de Laffemas, gran zurronero de Francia, y, por último, investido de la omnímoda confianza del cardenal, confianza a la que tan acreedor se hiciera, recibió el singular encargo para la ejecución del cual acababa de presentarse en las habitaciones de la reina.