Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Tras una juventud borrascosa, Séguier se retiró a un convento para expiar en él, y por lo menos por algún tiempo, los desatinos de la adolescencia; pero al ingresar en aquel santo asilo, el pobre penitente no pudo cerrar tan aprisa la puerta como para que las pasiones de las que huía no entrasen con él y le acosaran sin tregua ni descanso. El prior, a quien Séguier hizo confidencia de tal desgracia, anheloso de hacer cuanto estuviese en su poder para librarlo de ella, le recomendó que, para conjurar al demonio tentador, recurriese a la cuerda de la campana y repicase a todo vuelo. Así, al ruido denunciador, los frailes conocerían que la tentación estaba asediando a uno de sus hermanos, y la comunidad en peso se entregaría a la oración.
El consejo pareció de perlas al futuro canciller, que conjuró al espíritu maligno con gran acompañamiento de oraciones por parte de los frailes; pero el demonio no se deja desposeer tan fácilmente de un plaza en la que ha puesto guarnición; al compás que aumentaban los exorcismos, él redoblaba las tentaciones; de manera que día y noche la campana no dejaba de repicar, anunciando el grandísimo deseo de mortificación que sentía el penitente.