Los Tres Mosqueteros

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Ana de Austria estaba todavía en pie cuando entró Séguier; pero apenas lo hubo visto, volvió a sentarse en su sillón e hizo seña a sus damas de que la imitaran.

—¿Qué se os ofrece y con qué fin os presentáis aquí? —preguntó con acento de abrumadora altivez la reina al canciller mayor.

—Para hacer en nombre del rey, y salvo el respeto que tengo la honra de deber a vuestra majestad, una investigación minuciosa en vuestros papeles.

—¡Cómo! —exclamó Ana de Austria—, una investigación en mis papeles… ¡A mí! ¡Esto es una infamia!

—Pido mil perdones a vuestra majestad —repuso Séguier—; pero en el caso presente no soy más que el instrumento del rey. ¿No acaba de salir de aquí su majestad después de haberos invitado a que os preparaseis para esta visita?

—Registrad, pues; por lo que se ve, soy una criminal. Estefanía, dadle las llaves de mis mesas y de mis escritorios a ese… caballero.

El canciller registró los muebles por pura formalidad, pues de sobra sabía que no era en un mueble donde la reina debía de haber encerrado la importante carta por ella redactada durante el día.


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