Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Cuando ya hubo abierto y cerrado una y otra vez los cajones del escritorio, el canciller, pese a sus vacilaciones, no tuvo más remedio que llegar a la conclusión de su cometido, es decir, al registro de la reina. Se acercó, pues, Séguier a Ana de Austria, y con acento de marcada perplejidad y ademán grandemente irresoluto, dijo:
—Ahora me falta hacer la investigación principal, señora.
—¿Cuál? —preguntó la reina, que no comprendió al canciller, o más bien no quiso comprenderle.
—Su majestad tiene la certeza de que vos habéis escrito una carta durante el dÃa, y sabe que la carta esa no ha sido aún enviada a su destino. Ahora bien, como la carta a que me refiero no está en vuestra mesa ni en vuestro escritorio, es obvio que está en otra parte.
—¡Cómo! ¿OsarÃais poner la mano en vuestra reina? —exclamó Ana de Austria, levantándose e irguiendo con altivez la frente y mirando con ojos casi de amenaza a Séguier.
—Señora, como súbdito fiel del rey, haré cuanto su majestad me ordene —respondió el canciller mayor.