Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Pues bueno, es verdad —dijo Ana de Austria—, y los espÃas del cardenal le han servido bien. SÃ, hoy he escrito una carta, y la carta esa, que no ha salido aún para su destino, está aquà —añadió la reina, llevando la mano a su corpiño.
—Dádmela, pues, señora —repuso Séguier.
—Únicamente la entregaré al rey —profirió Ana de Austria.
—Si su majestad hubiese querido que esa carta se la entregaran personalmente, os la hubiera pedido él mismo; pero lo reitero, señora, el encargado de reclamárosla soy yo, y si os negáis a dármela…
—¿Qué?
—Tengo el encargo de tomárosla.
—¿Qué queréis decir?
—Que las órdenes que he recibido son muy claras, señora, y que estoy autorizado para buscar el documento sospechoso hasta en la persona de vuestra majestad.
—¡Horror! ¡Horror mil veces! —exclamó la reina.
—DÃgnese, pues, vuestra majestad, a facilitar mi cometido.
—Tal conducta es de una violencia infame.
—Perdonad, señora; pero el rey manda.
—Antes la muerte que soportar tal afrenta —exclamó Ana de Austria, en quien se sublevaba la sangre imperiosa de la española y de la austrÃaca que era.