Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El canciller hizo una profunda reverencia; luego, con la intención bien patente de no retroceder ni una pulgada en el cumplimiento de la comisión de que estaba encargado, y cual pudiera haberlo hecho un ayudante de verdugo en la sala del tormento, se acercó a la reina, de los ojos de quien brotaron en aquel mismo instante lágrimas de rabia.
Como hemos manifestado más arriba, Ana de Austria era muy hermosa.
La comisión, pues, podía pasar por delicada; pero el rey, de puro estar celoso de Buckingham, había llegado a no estarlo de nadie más.
Es indudable que el canciller mayor buscó en aquel momento y con los ojos la cuerda de la famosa campana; pero como no dio con ella, se decidió y tendió la mano hacia el sitio donde la reina confesara que estaba el documento.
Ana de Austria retrocedió un paso, pálida como una difunta, y apoyándose con la mano izquierda, para no caer, en una mesa que había tras ella, con la derecha sacó de su seno un papel y lo tendió al canciller mayor.
—Tomad, aquí está la carta —profirió la reina con voz entrecortada y temblorosa—, tomadla, y libradme de vuestra odiosa presencia.