Los Tres Mosqueteros

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Séguier, a quien, por su parte, le tenía convulso una emoción fácil de concebir, tomó la carta, hizo una gran reverencia y se retiró.

Apenas se hubo cerrado la puerta tras el canciller, cuando la reina cayó casi desmayada en brazos de sus damas.

Séguier llevó la carta al rey sin haber leído de ella una sola palabra. Luis XIII tomó con mano temblorosa el documento, buscó la dirección, que no había, palideció intensamente, lo abrió con lentitud, y al ver por las primeras palabras que iba dirigida al rey de España, leyó con suma rapidez.

La carta de Ana de Austria era un verdadero plan de ataque contra el cardenal. La reina incitaba a su hermano y al emperador de Austria, ofendidos por la política de Richelieu, cuya preocupación eterna fue la humillación de la casa de Austria, a que fingiesen declarar la guerra a Francia e impusiesen como condición de la paz la destitución del cardenal; pero de amor, ni una sola palabra.

El rey, henchido de gozo, preguntó si su eminencia se hallaba todavía en el Louvre, y al responderle que aquel estaba aguardando en el estudio las órdenes de su majestad, se reunió al cardenal.


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