Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Vos tenÃais razón, y no yo —dijo Luis XIII a Richelieu—; la intriga es puramente polÃtica; la carta no reza ni una palabra de amor, pero en cambio habla mucho de vos. Tomadla.
El cardenal tomó la carta y la leyó dos veces con atención profunda.
—Ya veis hasta dónde llegan mis enemigos, señor —dijo Richelieu—; os amenazan con dos guerras si no me destituÃs. En verdad, señor, yo de vos cederÃa a tan poderosas instancias, y de esta suerte me proporcionarÃais también a mà una satisfacción, la de retirarme de la vida pública.
—¿Qué estáis diciendo, duque?
—Digo, señor, que cada dÃa más se quebranta mi salud en estas luchas excesivas y eternas; digo que, según toda probabilidad, no podré sostener las fatigas del sitio de La Rochelle, y que mejor será que en mi lugar nombréis a m. de Condé, a m. de Bassompierre, o a otro hombre animoso, capaz y en estado de dirigir la guerra, y no yo, que soy eclesiástico e incesantemente me desvÃan de mi vocación para aplicarme a cosas para las cuales carezco de aptitud. Ello proporcionará a vuestra majestad más ventura en casa y más grandeza fuera de ella.
—Comprendo, señor duque —dijo el rey—, pero nada temáis; cuantos nombra esta carta serán castigados como merecen, sin excluir a la reina.