Los Tres Mosqueteros

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—¡Oh!, señor, ¿qué estáis diciendo? —exclamó el cardenal—. No permita Dios que por mí la reina padezca la menor contrariedad. Ella me ha tenido siempre por enemigo, señor, bien que vuestra majestad puede salir garante de que sin cesar he tomado con empeño su defensa, aun contra vos mismo. Si la reina os faltare en lo que atañe a la honra, sería distinto, señor, yo el primero os aconsejaría entonces que os mostrarais implacable para con la culpable. Empero no es así, por fortuna, y de ello vuestra majestad acaba de adquirir una nueva demostración.

—Es cierto —repuso Luis XIII—, y la razón estaba de vuestra parte, como siempre; pero no por eso la reina es menos merecedora de mi cólera.

—¡Ah!, señor —profirió Richelieu—, vos sois quien habéis incurrido en la suya, y no me sorprendería que su majestad os manifestase formalmente su descontento. ¡La habéis tratado con una severidad…!

—Así trataré siempre a mis enemigos y a los vuestros, duque, por muy encumbrados que estén, sea cual fuere el peligro que yo corra al obrar severamente contra ellos.

—La reina es mi enemiga, pero no la vuestra, señor —objetó el cardenal—; al contrario, es modelo de esposas, sumisa e irreprochable. Permitidme, pues, señor, que interceda por ella ante vuestra majestad.

—Que se humille, pues, y venga a mí la primera.


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