Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Al contrario, señor, dad vos el ejemplo; al sospechar de ella, habéis cometido vos la primera sinrazón.

—¡Yo reconciliarme el primero! —exclamó el rey—. ¡Eso nunca!

—Señor, os lo suplico.

—Además, ¿de qué manera me reconciliaría yo el primero?

—Haciendo algo que supieseis fuese de su agrado.

—¿Qué?

—Dad un baile; ya sabéis cuánto le gusta a la reina la danza. Os garantizo que su rencor no resistirá a tal tentación.

—Cardenal, os consta que no soy amante de los placeres mundanos.

—Tanto más os lo agradecerá la reina, pues sabe cuán antipático os es semejante placer; por otra parte, así tendrá ella ocasión de lucir los hermosos herretes de diamantes que le regalasteis el día de su santo, y con los que todavía no ha podido engalanarse.

—Veremos, m. cardenal, veremos —dijo Luis XIII, que en su satisfacción de ver que la reina era culpable de un crimen que a él le preocupaba muy poco, e inocente de una falta de él muy temida, estaba pronto a hacer las paces con ella—; veremos, pero en verdad os digo que sois indulgente en demasía.


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