Los Tres Mosqueteros

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—Señor —profirió Richelieu—, dejad la severidad para los ministros; la indulgencia es la virtud de los reyes; usad de ella, y veréis cuánto os aprovecha.

Dichas estas palabras, y al oír que en el péndulo sonaban las once, el cardenal hizo una profunda reverencia y pidió venia al rey para retirarse, suplicándole al mismo tiempo que se reconciliara con la reina.

Ana de Austria, que después del embargo de su carta, esperaba algún reproche, quedó grandemente admirada al ver, al día siguiente, que el rey intentaba reconciliarse con ella. Su primer ademán fue de repulsión, y es que su orgullo de mujer y su dignidad de reina habían sufrido una ofensa cruelísima, pero vencida por los consejos de sus damas, hizo como que empezaba a olvidar: momento de regreso del que el rey se aprovechó para decirle que pensaba dar una fiesta cuanto antes.

Era, para la pobre Ana de Austria, una cosa tan rara una fiesta, que a su solo anuncio y cual lo imaginara Richelieu, desapareció, sino de su corazón, por lo menos de su rostro, el último vestigio de sus resentimientos.

—¿Y cuándo va a celebrarse esa fiesta? —preguntó la reina.

—Sobre el particular es menester que me ponga de acuerdo con el cardenal —respondió Luis XIII.


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