Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Cómo lo que os trae! ¿Acaso no os ha conducido aquí el deseo de ver nuevamente a vuestro esposo, de quien hacía ocho días que estabais separada? —preguntó Bonacieux, picado en lo más vivo.

—Primeramente esto, luego otro asunto.

—Decid.

—Un asunto de grandísimo interés y del cual pende quizá nuestra fortuna venidera.

—Nuestra fortuna ha cambiado grandemente de faz desde que os vi la última vez, mm. Bonacieux, y no sería de extrañar que antes de algunos meses despertara la envidia de muchos.

—Principalmente, si os avenís a seguir las instrucciones que voy a daros.

—¿A mí?

—A vos. Se presenta coyuntura de hacer una acción santa y noble y de ganar, al mismo tiempo, dinero en abundancia.

La mercera sabía que hablar de dinero a su marido era atacarle por su flaco, pero ignoraba que, fuese mercero o no lo fuese, un hombre que había hablado diez minutos con el cardenal quedaba convertido en otro.

—¡Ganar dinero en abundancia! —dijo Bonacieux, repulgando la boca.

—Muchísimo.

—¿Cuánto, más o menos?

—Quizá mil pistolas.


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