Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Hablemos un poco —dijo mm. Bonacieux, dando a besar la frente a su marido.
—¿Cómo? —exclamó el mercero con extrañeza.
—Tengo que comunicaros un asunto de grandÃsima importancia.
—Pues bien, yo tengo que haceros asimismo algunas preguntas bastante serias. Hacedme la merced de explicarme vuestro rapto.
—Ahora no se trata de eso —profirió mm. Bonacieux.
—¿De qué, pues? ¿De mi prisión?
—La supe el mismo dÃa, pero como no erais culpable de ningún crimen ni de intriga alguna, en una palabra, como nada sabÃais que pudiese comprometeros ni a vos ni a persona, no di al caso más importancia que la que merecÃa.
—Habláis de ello con mucha frescura, señora —repuso el mercero, hondamente mortificado al ver el poco interés que le demostraba su mujer—. Sabed que estuve sepultado un dÃa y una noche en uno de los calabozos de la Bastille.
—Un dÃa y una noche pronto pasan; dejemos pues de hablar de vuestra prisión, y volvamos a lo que me trae.