Los Tres Mosqueteros

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Por su parte, mm. Bonacieux también había reflexionado, pero no en la ambición; pese a ella, sus pensamientos habían tenido por móvil constante aquel mozo tan apuesto, tan valiente y al parecer tan enamorado. Casada a los dieciocho años con Bonacieux, habiendo vivido siempre en medio de los amigos de un esposo poco capaz de inspirar el más pequeño afecto a una mujer joven cuyo corazón era superior a su representación social, la mercera había permanecido insensible a las seducciones vulgares; pero, sobre todo en aquellos tiempos, el título de hidalgo ejercía un gran influjo entre la gente plebeya, y D’Artagnan era hidalgo; todavía más, nuestro gascón ostentaba el uniforme de los guardias, que, después del de los mosqueteros, era el más apreciado de las damas. D’Artagnan, como ya hemos dicho, era de gallarda presencia, joven y osado, y hablaba de amor como quien ama y tiene sed de ser amado; lo cual era más que suficiente para trastornar una cabeza de veintitrés años, que precisamente era la venturosa edad que tenía mm. Bonacieux.

Por más que hacía ocho días que no se veían, y que en el transcurso de ellos hubiesen pasado los dos serios disgustos, los esposos Bonacieux se acercaron, pues, uno a otro con cierta preocupación. Aun así, el mercero manifestó un gozo no fingido y salió con los brazos abiertos al encuentro de su esposa.


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