Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Tan grave es lo que vais a pedirme?
—SÃ.
—¿Qué hay que hacer?
—Partir al instante con un papel del que no os desprenderéis bajo ningún pretexto y que entregaréis en propia mano.
—¿Y para dónde debo partir?
—Para Londres.
—¡Yo, para Londres! ¡Bah!, os estáis chanceando; nada tengo que hacer en Londres.
—Pero otros necesitan que vayáis allá.
—¿Quiénes son esos otros? Os advierto que ya no doy más un paso a ciegas, y que quiero saber no solamente a qué me expongo, más también para quién me expongo.
—Una persona ilustre os envÃa y os espera; la recompensa será superior a vuestros deseos. Es cuanto puedo prometeros.
—¡TodavÃa intrigas! ¡Siempre intrigas! Gracias, pero ahora ya no me fÃo; m. el cardenal me ha abierto los ojos sobre el particular.
—¡El cardenal! —exclamó mm. Bonacieux—. ¡Qué! ¿Lo habéis visto?
—Me mandó a llamar —respondió con arrogancia el mercero.
—¿Y acudisteis al llamamiento? ¡Qué imprudente sois!