Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Debo manifestaros que no estaba en mi mano ir o no ir, pues a cada uno de mis lados tenía un guardia. Verdad es también que como entonces yo no conocía a su eminencia, de poder excusarme la ida, no voy.

—¿Conque os maltrató? ¿Conque os amenazó?

—Al contrario, me tendió la mano y me llamó su amigo, su amigo, ¿oís, señora? Sí, soy amigo del gran cardenal.

—¡Del gran cardenal!

—¿Acaso vais a disputarle este título?

—Nada le disputo, solo os digo que el favor de un ministro es volandero y que es menester estar tocado de la cabeza para apegarse a una persona de tal calaña; hay poderes superiores al suyo, que no se basan en el capricho de un hombre o en el éxito feliz de un suceso. Esos son los poderes de que uno debe ampararse.

—Lo siento, señora, mas para mí no hay otro poder que el del grande hombre a quien tengo la honra de servir.

—¡Qué! ¿Vos servís al cardenal?

—Sí, señora, y como servidor suyo que soy, no consentiré que conspiréis contra la seguridad del Estado, ni que secundéis las intrigas de una mujer nacida en España y española por sus cuatro costados. Por fortuna, ahí está el gran cardenal, cuya vigilante mirada penetra hasta lo más recóndito del corazón.


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