Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Al expresarse asÃ, Bonacieux no hacÃa más que repetir al pie de la letra una frase que oyera de labios del conde de Rochefort; pero la pobre mujer, que contaba con su marido y que, con esta esperanza, habÃa respondido de él a la reina, se estremeció al pensar en el peligro en el que por poco cae y en la imposibilidad en que se hallaba de obrar. A pesar de ello, conociendo, como conocÃa, la concupiscencia de su marido, no perdió la esperanza de inclinarlo a sus fines.
—¡Vaya! ¿Conque sois cardenalista? ¿Conque servÃs al partido de los que maltratan a vuestra mujer e insultan a vuestra soberana? —exclamó la mercera.
—Ante el interés general no hay intereses particulares que valgan. Yo estoy con los que salvan al Estado —dijo con énfasis Bonacieux, repitiendo otra de las frases que de Rochefort retuviera en la memoria y que ahora hallaba ocasión de aplicarla.
—¿Y qué sabéis vos qué es Estado? —profirió la mercera, encogiendo los hombros—. Contentaos con ser lo que sois, un burdo plebeyo, y volveos del lado que ofrece más ventajas.
—¡Je, je! —exclamó Bonacieux, dando unas palmadicas en la panza de un talego, que produjo un sonido argentino—; ¿es esto moco de pavo, señora machacona?
—¿De dónde procede ese dinero?
—¿No lo adivináis?
—¿Del cardenal?