Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —De él y de mi amigo el conde de Rochefort.
—¡Del conde de Rochefort! Pero ¡si es él quien me secuestró!
—Puede que sÃ.
—¿Y vos recibÃs dinero de semejante hombre?
—¿No me habéis dicho vos misma que vuestro rapto era puramente polÃtico?
—SÃ, pero ese rapto iba encaminado a hacerme vender a mi señora, a arrancarme por el tormento declaraciones que pudiesen comprometer la honra y quizá la vida de mi augusta soberana.
—Vuestra augusta soberana es una española pérfida, y lo que el cardenal hace, bien hecho está —repuso el mercero.
—SabÃa que erais cobarde, avaro y necio, pero ignoraba que fuerais infame —profirió la joven.
—¡Señora! ¿Qué estáis diciendo? —exclamó Bonacieux, que nunca viera encolerizada a su mujer, y retrocedÃa ante la ira conyugal.
—Digo que sois un canalla —continuó la mercera, que vio que recobraba algún ascendiente sobre su marido—. ¿Conque os dais a la polÃtica, y, como si esto fuese poco, a la polÃtica cardenalista? ¿Conque por dinero vendéis vuestro cuerpo y vuestra alma al diablo?
—No, sino al cardenal.
—Tanto monta; Richelieu y Satanás, todo es uno —exclamó la joven.