Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Callaos, señora, callaos, podrÃan oÃros.
—Es verdad —dijo mm. Bonacieux—, y me avergonzarÃa por vos de vuestra cobardÃa.
—Pero vamos a ver, ¿qué exigÃs de mÃ?
—Ya os lo he dicho; que partáis inmediatamente y desempeñéis con toda lealtad la comisión que me digno encargaros; con esta condición lo doy todo al olvido, os perdono; es más, os devuelvo mi amistad —añadió la mercera, tendiendo la mano a su marido.
Bonacieux, que si bien era cobarde y avaro, amaba a su mujer, se sintió enternecido. Un hombre de cincuenta años no conserva largo tiempo rencor a una mujer de veintitrés.
—¿Estáis resuelto? —le preguntó la mercera al ver que titubeaba.
—Pero mi querida amiga —repuso Bonacieux—, hacedme la merced de reflexionar un poco sobre lo que exigÃs de mÃ, Londres está lejos de ParÃs, muy lejos, y quizá la comisión que me confiéis no está exenta de peligros.
—¿Qué os importan, si los evitáis?