Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Mirad, no, digo que no en redondo —repuso el mercero—: las intrigas me dan miedo. He visto la Bastille, y, ¡brrrú!, es horrorosa. Solo pensar en ella se me pone la carne de gallina. Me amenazaron con someterme al tormento. ¿Sabéis vos lo que es el tormento? Pues sí, le meten a uno cuñas de palo entre pierna y pierna hasta que le quebrantan los huesos. Que no voy, y punto. Pero, ¡caramba!, ¿por qué no vais vos misma? Pues, la verdad, tengo la impresión que hasta hoy he vivido en un engaño respecto de vos: se me antoja que sois hombre, y aun de los más diabólicos.

—Y vos sois una mujer, una mísera mujer, mema y embrutecida. ¡Ah! ¡Tenéis miedo! Pues bien, como no partáis ahora mismo, os hago prender en nombre de la reina, y que os metan en esa Bastille que tanto os asusta.

Bonacieux se cayó en una reflexión profunda; pesó en su cerebro y con madurez las dos cóleras, la del cardenal y la de la reina, y como vencía con grandísima ventaja la del primero, contestó:

—Hacedme prender en nombre de la reina, y yo recurriré a su eminencia.

Esta vez la mercera conoció que se había excedido, y, estremecida de espanto, contempló por un momento el torpe semblante de su esposo, en el que estaba impresa una resolución irrevocable, como la de los brutos que tienen miedo.


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