Los Tres Mosqueteros

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—Enhorabuena —repuso la joven—; en resumidas cuentas, quizá tengáis razón: en política, un hombre siempre es más avisado que una mujer, y vos sobre todo, que habéis hablado con el cardenal. Sin embargo, es muy duro que mi marido, con el afecto del cual creí poder contar, me trate con tal desapego y no satisfaga uno de mis caprichos.

—Es que vuestros caprichos pueden acarrearme funestas consecuencias, y desconfío de ellos —contestó Bonacieux con gran prosopopeya.

—Renuncio a ellos, pues; no se hable más del asunto —profirió la mercera, lanzando un suspiro.

—Si por lo menos me dijerais qué voy a hacer en Londres —repuso Bonacieux, que se acordó, un poco tarde, de que Rochefort le había recomendado que tratara de sonsacar a su esposa.

—Es inútil que lo sepáis —dijo la mercera, a quien ahora impelía hacia atrás una desconfianza instintiva—: se trataba de una de tantas bagatelas como desean las mujeres, de hacer una compra sobre la cual había mucho que ganar.

Pero cuanto más se defendía la joven, más se aferraba Bonacieux a la idea de que el secreto que aquella se negaba a confiarle era de monta. Así pues, resolvió irse inmediatamente a casa de Rochefort para decirle que la reina estaba buscando un mensajero para enviarlo a Londres.


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