Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Perdonadme si os dejo, mi querida esposa —dijo Bonacieux a su mujer—; pero como no sabÃa que vos vendrÃais a verme, habÃa citado a un amigo mÃo; vuelvo al instante, y si me hacéis la merced de aguardarme no sea sino medio minuto, en cuanto esté listo vuelvo por vos, y, como ya empieza a hacerse tarde, os conduzco al Louvre.
—Gracias —respondió la mercera—, no sois bastante animoso para que me sirváis de algo; regresaré al Louvre yo sola.
—Como gustéis —repuso Bonacieux—. ¿Tardaré mucho en veros nuevamente?
—Espero que la semana próxima las atenciones del servicio van a dejarme algunas horas libres, y las aprovecharé para venir a poner orden en nuestros asuntos, que me parece que deben de estar más que medianamente embrollados.
—De acuerdo; os aguardaré. Y ahora, decidme, ¿no me lleváis ojeriza?
—¿Yo?, en absoluto.
—Entonces, hasta luego.
—Hasta luego.
Bonacieux besó la mano a su mujer, y se alejó más que aprisa.