Los Tres Mosqueteros

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—Vamos —dijo la mercera, una vez a solas y cuando su marido hubo cerrado tras de sí la puerta de la calle—, a ese gaznápiro no le faltaba más que ser cardenalista. ¡Y yo que he dado palabra a la reina! ¡Yo que he prometido a mi desventurada señora…! ¡Oh! ¡La reina va a confundirme con una de tantas infames que hormiguean en palacio y que para espiarla las han colocado junto a ella! ¡Ah! ¡M. Bonacieux! ¡M. Bonacieux!, nunca me he muerto de amor por vos; pero ahora os odio y, doy mi palabra, me la pagaréis.

En el instante en que la mercera profería estas palabras, resonó en el techo un golpe que le hizo levantar la cabeza.

—Mi querida mm. Bonacieux —gritó desde arriba una voz—, hacedme la merced de abrir la puertecita del pasillo, y bajo de un vuelo.







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