Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Abocaos con ellos sin pérdida de tiempo, y que esta noche misma todo quede arreglado. ¡Ah! En primer lugar, extended vuestra instancia a m. Des Essarts; quizás algún espÃa os iba pisando los calcañares, y de esta suerte quedará legitimada vuestra venida, que en aquel caso es ya conocida del cardenal.
D’Artagnan hizo como le dijeron, y al entregar la instancia a m. de Tréville, este le afirmó que antes de las dos de la madrugada las cuatro licencias estarÃan en los respectivos domicilios de los viajeros.
—Hacedme la merced de enviar la mÃa a casa de Athos —dijo D’Artagnan—, pues si me acercara ahora a mi domicilio, temerÃa hacer en él un mal encuentro.
—Sosegaos. Adiós y feliz viaje —dijo Tréville; y llamando al mozo, que se volvió atrás, añadió—: ¿tenéis dinero?
D’Artagnan hizo sonar el talego que llevaba en la faltriquera.
—¿Bastante? —preguntó el capitán.
—Trescientas pistolas.
—Está bien, con este dinero puede uno ir hasta el fin del mundo; adelante, pues.
D’Artagnan saludó a m. de Tréville, y le estrechó la mano con respeto y gratitud; y es que el mozo, desde su llegada a ParÃs, no habÃa tenido más que ocasiones de alabanza para aquel hombre excelente, a quien hallara siempre digno, leal y grande.