Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Nuestro gascón se encaminó en derechura a casa de Aramis, en la que no había estado desde la famosa noche en que siguiera a mm. Bonacieux. Hay más: apenas había visto al joven mosquetero, y aun las pocas veces que lo viera, le pareció que su amigo estaba abismado en una amarga tristeza.
Aquella noche Aramis velaba sombrío y pensativo, y D’Artagnan le hizo algunas preguntas sobre tan profunda melancolía.
Aramis la motivó en un comentario del capítulo XVIII de san Agustín que para la semana siguiente se veía obligado a escribir en latín y le traía una gran preocupación.
Unos minutos hacía que nuestros dos amigos estaban conversando, cuando entró un criado de m. de Tréville con un pliego sellado.
—¿Qué es eso? —preguntó Aramis.
—La licencia que habéis solicitado, señor —respondió el lacayo.
—¿Yo? No he solicitado licencia alguna.
—Callaos y tomad —dijo D’Artagnan—. Y para vos, mi amigo, ahí va esa media pistola por vuestro trabajo. ¡Ah!, decid a m. de Tréville que m. Aramis le da las más encarecidas gracias. Podéis marcharos.
El lacayo hizo una profunda reverencia y salió.
—¿Qué significa eso? —preguntó Aramis.