Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Ah!, amigo mÃo, me devolvéis la vida —exclamó Aramis—. Me tuve por desdeñado, vendido. ¡Fue tan grande mi dicha al verla de nuevo! No me decidÃa a creer que hubiese arriesgado su libertad por mÃ, y sin embargo, ¿qué causa la habrÃa incitado a regresar a ParÃs?
—La que hoy nos lleva a Inglaterra.
—¿Y qué causa es esa? —preguntó Aramis.
—Ya la sabréis andando el tiempo; por ahora, imito la discreción de la sobrina del doctor.
Aramis, que recordó el cuento que él mismo refiriera cierta tarde a sus amigos, sonrió, y dijo:
—Bueno, pues ya que estáis seguro de que ella ha salido de ParÃs, nada me liga a la capital y os sigo. ¿DecÃs que vamos a…?
—Por de pronto, a casa de Athos, y si os place acompañarme, apresuraos, porque ya hemos perdido un tiempo precioso. ¡Ah!, advertid a Bazin.
—¡Qué! ¿Bazin se viene con nosotros? —preguntó el mosquetero.
—Puede que sÃ. Como quiera que sea, bueno es que de momento nos siga a casa de Athos. Aramis llamó a Bazin y le ordenó que fuese a reunÃrsele a casa de Athos; luego, después de haber tomado su capa, su espada y sus tres pistolas y abierto en vano tres o cuatro cajones para ver si en ellos encontraba algún dinero olvidado, dijo: