Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Partamos.

Aramis siguió a D’Artagnan, asombrado de que el joven cadete de los guardias supiese tan bien como él quién era la mujer a quien había dado hospitalidad, y mejor que él lo que de ella había sido.

Una vez en la calle, Aramis puso su diestra sobre el brazo de su compañero, y mirándole cara a cara, le preguntó:

—¿No habéis hablado de esa mujer a persona alguna?

—Absolutamente a nadie.

—¿Ni a Athos ni a Porthos?

—No les he dicho palabra sobre el particular.

—Enhorabuena.

Sosegado sobre este punto esencial, el mosquetero siguió adelante en compañía de D’Artagnan, y, al poco, ambos llegaron a casa de Athos, a quien encontraron con su licencia en una mano y la carta de Tréville en la otra.

—¿Podéis decirme qué significan esta licencia y esta carta que acabo de recibir? —preguntó Athos con extrañeza—. Escuchad lo que reza la carta.

Mi querido Athos: pues lo reclama vuestra salud, consiento en concederos un reposo de quince días. Idos, pues, a tomar las aguas de Forges o las que más os convengan, y restableceos pronto.

Vuestro afectísimo,


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