Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros TRÉVILLE
—Esa licencia y esa carta significan que es menester que nos sigáis —dijo D’Artagnan.
—¿A los baños de Forges?
—O a otra parte.
—¿Para el servicio del rey?
—O de la reina: ¿no somos servidores de sus majestades?
—¡Habrase visto tal cosa! —profirió en este momento Porthos, entrando—, eso sà que me deja con la boca abierta: ¿desde cuándo, en los mosqueteros, le conceden licencia a uno sin que la solicite?
—Desde que tiene amigos que la piden por él —dijo D’Artagnan.
—¡Ah!, ya —repuso Porthos—; se me antoja que aquà hay gato encerrado.
—Lo hay; partimos —dijo Athos.
—¿Para dónde? —preguntó Porthos.
—No lo sé; pregúntaselo a D’Artagnan.
—Para Londres, señores —dijo el mozo.
—¡Para Londres! —exclamó Porthos—; ¿y qué vamos a hacer en Londres?
—No puedo decÃroslo, señores —profirió D’Artagnan—, y sin embargo cumple que confiéis en mÃ.
—Bueno —replicó Porthos—, pero para ir a Londres es menester dinero, y yo no poseo blanca.
—Ni yo tampoco —exclamó Athos.