Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Ni yo —añadió Aramis.
—Pues yo sà —profirió D’Artagnan, sacando de su faltriquera su tesoro y poniéndolo sobre la mesa—. En este talego hay trescientas pistolas, lo cual quiere decir que corresponden setenta y cinco por barba, que es más de lo que se necesita para ir a Londres y regresar. Por otra parte, no temáis, no llegaremos todos allá.
—¿Y eso?
—Porque es más que probable que alguno o algunos de nosotros nos quedemos en el camino.
—¡Qué! ¿Vamos a emprender una campaña?
—Y de las más peligrosas, os lo advierto.
—Hombre, ya que nuestro pellejo peligra, por lo menos quisiera yo saber por qué.
—¿Y qué saldrÃas ganando con saberlo? —dijo Athos.
—A pesar de ello —repuso Aramis—, abundo en el parecer de Porthos.
—¿Acostumbra el rey a daros conocimiento de sus actos? —profirió D’Artagnan—. No; os dice buenamente: Señores, en Gascuña, en Flandes, se están batiendo; idos allá y batÃos, y vais sin preocuparos con el porqué.