Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —D’Artagnan tiene razón —repuso Athos—. Aquà están nuestras licencias expedidas por m. de Tréville, y aquà trescientas pistolas que nos llueven de no sé dónde. Vamos a hacernos matar adonde nos dicen que vayamos. ¿Vale por ventura la vida tanta cháchara? D’Artagnan, me voy contigo.
—Y yo también —dijo Porthos.
—Y yo —profirió Aramis—. Asà como asà no consiento salir de la capital. Necesito distraerme.
—Yo os respondo que no os faltarán distracciones, señores —exclamó D’Artagnan.
—¿Cuándo partimos? —preguntó Athos.
—Inmediatamente —respondió nuestro gascón—; no hay minuto que perder.
—¡Vamos! ¡Grimaud! ¡Planchet! ¡Mousqueton! ¡Bazin! —gritaron los cuatro jóvenes, llamando a sus respectivos lacayos—, calzad las espuelas a nuestras botas y volad al depósito por nuestros caballos.
En efecto, todos y cada uno de los mosqueteros dejaban en el depósito general, como en un cuartel, sus caballos y los de sus lacayos.
Planchet, Grimaud, Mousqueton y Bazin partieron a toda prisa.
—Ahora tracemos el plan de campaña —dijo Porthos—. ¿Adónde vamos primeramente?
—A Calais —respondió D’Artagnan—; es la lÃnea que con más derechura conduce a Londres.