Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Pero ¿por qué ha provocado el hombre ese a Porthos con preferencia a cualquiera de nosotros? —preguntó Aramis.

—Porque como Porthos hablaba más recio que nosotros, lo ha tomado por el jefe —respondió D’Artagnan.

—Siempre he dicho que ese cadete de Gascuña era un pozo de sabiduría —murmuró Athos.

Los viajeros continuaron su camino, y al llegar a Beauvais hicieron un alto de dos horas tanto para proporcionar descanso a los caballos cuanto para aguardar a Porthos; pero al ver que ni este llegaba ni de él venía noticia alguna, siguieron adelante.

A una legua de Beauvais, en un paraje donde el camino se encajonaba entre dos taludes, nuestros expedicionarios dieron de manos a boca con ocho o diez individuos que, aprovechando la circunstancia de que la vía no estaba adoquinada en aquel sitio, hacían como que trabajaban en ella abriendo hoyos y cubriendo de cenagosos baches aquel trozo.

Aramis, temeroso de ensuciarse las botas en aquel mortero artificial, apostrofó con dureza a aquellos individuos, y aun cuando Athos quiso contenerlo, era ya demasiado tarde. Los trabajadores empezaron a burlarse de los viajeros, y con su insolencia hicieron perder los estribos al mismísimo Athos, que acometió a uno de ellos.


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