Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Esta es mi cama —respondió Planchet, mostrando un haz de paja.

—Tienes razón —dijo D’Artagnan—; entra: la cara del posadero no me halaga, es demasiado risueña.

—Tampoco me place a mí —repuso Athos.

Planchet entró por la ventana y se instaló atravesado a la puerta; Grimaud fue a encerrarse en la caballeriza, dando palabra de que a las cinco de la mañana él y los cuatro caballos estarían prestos.

La noche se pasó con tranquilidad relativa. A las dos de la madrugada intentaron abrir la puerta, pero como Planchet se despertó sobresaltado y preguntó qué querían, le respondieron que se habían equivocado y se alejaron. A las cuatro se oyó un gran ruido en las caballerizas. Era que los mozos de cuadra estaban vapulando a Grimaud por haberles despertado. Cuando Athos y D’Artagnan abrieron la ventana, vieron al pobre muchacho tendido sin conocimiento y con la cabeza hendida de un golpe de mango de horca.

Planchet bajó entonces al patio para ensillar los caballos, pero los halló despeados. Únicamente el de Mousqueton, que, en la víspera, viajara sin jinete por espacio de cinco o seis horas, podría haber continuado el camino; pero por error inconcebible, el veterinario mandado a buscar, al parecer, para sangrar al caballo del posadero, había sangrado al de Mousqueton.


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