Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Las cosas empezaban a presentar un cariz poco tranquilizador: todos los accidentes acaecidos hasta entonces tal vez eran hijos del acaso, pero también podían ser el fruto de una conjuración.
Athos y D’Artagnan salieron, mientras Planchet fue a ver si por allí encontraba quien le vendiera tres caballos. Dos había a la puerta de la posada, completamente equipados, frescos y vigorosos, que ni pintados. Planchet preguntó dónde estaban los dueños de aquellas bestias, y le respondieron que los dueños de aquellas bestias habían pasado la noche en la posada y que en aquel instante estaban arreglando su cuenta con el posadero.
Athos bajó para pagar el gasto, y D’Artagnan y Planchet fueron a aguardarlo a la puerta de la calle.
El posadero estaba en un cuarto bajo y retirado, a donde rogaron a Athos que entrase.
Así lo hizo el mosquetero, sin desconfianza, y sacó dos pistolas para pagar: el hostelero, que se encontraba solo y sentado a su bufete, del que se veía a medio abrir uno de sus cajones, tomó el dinero que le dio Athos, lo volvió y revolvió en sus manos, y prontamente prorrumpió en destempladas voces; diciendo que aquellas monedas no eran de recibo y que iba a hacer que le echaran el guante a él y a su camarada, por monederos falsos.