Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Ah, tunante! —exclamó Athos, abalanzándose sobre el posadero—, voy a cortarte las orejas.

Pero en aquel instante, y por las puertas laterales, invadieron la estancia cuatro hombres armados de todas las armas y se arrojaron sobre el mosquetero.

—¡Me han sorprendido! ¡Huye, D’Artagnan, huye! —gritó Athos con todas sus fuerzas y disparando dos pistoletazos.

D’Artagnan y Planchet no se hicieron repetir el aviso; desataron los dos caballos que estaban arrendados a la puerta, se subieron sobre ellos y los sacaron a toda prisa.

—¿Qué ha sido de Athos? ¿Lo sabes? —preguntó D’Artagnan a Planchet mientras iban corriendo.

—¡Ah!, señor —respondió el lacayo—, al disparar sus pistolas ha derribado a dos, y a través de la vidriera me ha parecido que se batía a estocadas con los demás.

—¡Oh, valeroso Athos! —murmuró D’Artagnan—. ¡Y pensar que no cabe otro remedio que abandonarlo a su suerte! Por otra parte, tal vez a dos pasos de aquí nos aguarde lo mismo a nosotros. ¡Adelante, Planchet, adelante! Eres hombre de prendas.

—Ya os lo dije, mi amo —respondió Planchet—, a los picardos se les aprecia tanto más cuanto más se les trata; por otro lado, esta es mi tierra, solo pensarlo me enardece.


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