Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros De esta suerte y sin parar, D’Artagnan y Planchet llegaron de un tirón a Saint-Omer, donde dieron un poco de descanso a sus monturas, mientras, y con las riendas de estas al brazo para que no les pillara desprevenidos algún percance, comÃan un bocado en pie y en la calle. Luego anudaron la marcha.
A unos cien pasos de las puertas de Calais, el caballo de D’Artagnan dio consigo en tierra, y no hubo manera de hacerlo levantar: la sangre le salÃa por ojos y narices.
Quedaba el caballo de Planchet; pero como se hubo parado, resultaron inútiles todos los esfuerzos para hacerlo andar otra vez.
Por fortuna, como ya hemos dicho, estaban a cien pasos de Calais; dejaron, pues, nuestros expedicionarios sus caballos en la carretera y se encaminaron apresuradamente al puerto; una vez en el cual Planchet mostró a su amo, a unos cincuenta pasos delante de ellos, un hidalgo seguido de su lacayo. El hidalgo, a quien D’Artagnan y Planchet se acercaron con viveza, llevaba cubiertas de polvo las botas, y con ademán al parecer muy atareado, estaba informándose sobre si le serÃa posible embarcarse inmediatamente para Inglaterra.