Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—No habría inconveniente alguno —respondió el patrón de un buque presto a darse a la vela—; pero esta mañana ha llegado una orden prohibiendo que se embarcara quien quiera que sea sin un permiso expreso de m. el cardenal.

—Traigo yo el permiso, helo aquí —repuso el hidalgo, sacando de su faltriquera el documento.

—Haced que lo vise el capitán del puerto y dadme la preferencia —dijo el patrón.

—¿Dónde puedo ver al capitán?

—En su casa de campo.

—¿Está muy lejos?

—A un cuarto de legua de la ciudad; desde aquí podéis divisarla; es aquella que tiene el tejado de pizarra, al pie de aquel otero.

—De acuerdo —dijo el hidalgo.

Este, seguido de su lacayo, tomó el camino de la casa. D’Artagnan y Planchet se fueron detrás del hidalgo, a quinientos pasos de distancia.

Una vez fuera de la ciudad, el gascón apresuró el paso y alcanzó al hidalgo en el instante en que este iba a entrar en un bosquecillo.

—Caballero, ¿tenéis prisa? —preguntó D’Artagnan al desconocido.

—Hasta más no poder, caballero —respondió el interpelado.


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