Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Lo siento en el alma —repuso D’Artagnan—, porque como yo también lo estoy, querÃa pediros una merced.
—¿Cuál?
—La de dejarme pasar el primero.
—Es imposible —profirió el hidalgo—; he recorrido sesenta leguas en cuarenta y cuatro horas, y es menester que mañana al mediodÃa me halle en Londres.
—Pues yo he hecho el mismo camino en cuarenta horas, y es necesario de toda necesidad que me halle en Londres a las diez de la mañana.
—Lo siento, caballero; pero he llegado antes que vos, y pasaré primero que vos.
—Con pesar os lo digo, caballero, pero aunque he llegado tras vos, pasaré antes que vos.
—Estoy en servicio del rey —prorrumpió el hidalgo.
—Y yo en el mÃo —replicó D’Artagnan.
—Me parece que me estáis buscando una quimera de mal género.
—¿Qué imaginabais, pues?
—Bueno, ¿qué queréis?
—¿Deseáis saberlo?
—SÃ, lo deseo.
—Pues quiero la orden de que sois portador; me hace falta una y no la tengo.
—Supongo que os estáis chanceando.